Las historias que uno se cuenta
La vida cuando sigue, se reconstruye y se teje de una manera que va más allá de nuestra propia imaginación...
Esta canción es un regalo mientras lees
La vida sigue, se reconstruye y se teje de una manera que va más allá de nuestra propia imaginación. Todo se trata de confiar, aun cuando nada tenga sentido.
Jamás me imaginé vivir una vida fuera de lo que ya conocía; sin embargo, desde niña siempre he sentido esa chispa inquisitiva, esa inocente curiosidad que me ha obligado, más allá de pensar, a sentir que la vida es mucho más de lo que uno cree escuchar, de lo que uno cree entender o de lo que, entre el día a día, se acostumbra a experimentar.
Y es que, después de que un ser humano pierde a su madre a temprana edad, no le queda más que crecer contándose una historia que suena algo así como: definitivamente, no importa lo que escuches; la vida no es lo que todos dicen. O tal vez algo así como: tú sigue y pretende que todo está bien; igual, nadie te entendería realmente.
Es así como un niño crece aprendiendo a correr descalzo en los terrenos más pedregosos, a tal punto y con tal afán que no teme caer una y otra vez, porque cualquier otra cosa, cualquier otro dolor, ya le parece pequeño.
Ahora bien, esa fue mi piedra, pero las piedras se manifiestan de distintas maneras en la vida de cada persona, y ninguna piedra es más grande o más pequeña que otra. El punto es que aún aprendo que hay muchas piedras y que aprender a ignorarlas, hasta el punto de caminar sobre ellas, es más común de lo que uno cree. Muchos crecemos acostumbrándonos a suprimir el dolor o a ocultarlo para no mostrarnos débiles, contándonos esa historia en la que solo nos permitimos ser héroes.
En lo personal, vivir bajo esta creencia me sostuvo hasta cierto momento de mi vida. Fue, quizá, la gasolina que necesité para sobrevivir una niñez a la defensiva, ser una niña “fuerte”, independiente, conseguir trabajo, pagarme mi carrera, terminar mis estudios, encajar.
Ser débil nunca estuvo entre mis planes. Incluso odiaba el Día de las Madres; me negaba a ir al colegio. Me daban náuseas de solo imaginar que pudiera despertar lástima en los demás, aunque fuera por un segundo. Mi plan era ese: ser fuerte.
Muchas veces, orgullosa, me dije que debí haber nacido niño. No estoy segura de si fue por eso, pero durante varios años no usé aretes y preferí los carros a las muñecas.
Pero el cuerpo no crece en vano y el alma, aunque no la vemos, muy adentro también se cansa de cada batalla, de las máscaras que me obligaba a cargar, de las preguntas que elegía no hacerme o, peor aún, de las que me evitaba contestar.
Para quienes ahora conocen mi historia, o para quienes quizá ya me conocían sin saber de ella y ahora se estén preguntando cómo se llega a hablar de esto por elección y sin dolor, solo puedo decir que la respuesta llegó de la forma más inesperada. Fue un suceso profundamente personal que terminó dándole sentido a mucho de lo que había vivido hasta entonces.
La encontré un caluroso Domingo de Ramos, parada frente a un cerro donde se encontraba la imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa.
En 2017 fui a un retiro espiritual y, hasta el último día, creí haber perdido el dinero que había pagado por asistir. Quizá fallé como religiosa porque nunca continué el programa, pero no puedo negar que ese último día, de repente, algo místico sucedió.
Ese día, el objetivo era culminar la procesión en el cerro donde nos esperaba la imagen de la Virgen. Allí subiríamos uno por uno para hacer nuestras peticiones y tomar un mensaje que, según nos decían, ella había preparado para cada uno. Al ver la cantidad de personas y la extensa fila, decidí hacerme a un lado y refugiarme en la primera sombra que encontré.
Mientras observaba desde la distancia y conmovida por la melodía de una alabanza que sonaba de fondo, sentí por unos segundos que algo se separó de mí. Sentí lo que sentiría una madre si tuviera que despedirse, antes de partir de este plano terrenal, de sus hijos de tres y cuatro años.
Lloré tanto, y fue tan intenso el dolor, que juraba sentir cómo el corazón se me rompía. Las palmadas en mi espalda de una señora que pasaba me trajeron de vuelta. Al verme tan devastada, me dijo varias veces:
—Llora, mija, llora. Todo estará bien.
Entonces entendí que no era yo quien había estado allí, sino mi madre.
Vaya manera más cruda de experimentar la compasión.
Desde ese día dejé de cuestionarla para empezar a comprenderla. Comprenderla a ella y comprender su dolor. Me di cuenta de lo egoísta que había sido al repetir, durante años, frases como: “¿Por qué te fuiste?” o, peor aún, “¿Por qué nos dejaste?”.
Y fue así como desde ese día surgió esta, mi nueva historia: no importa lo que uno crea, la vida nunca te quita; ella, ciertamente, te da.
Desde entonces cada tanto me pregunto ¿Quién soy yo para quitarle a una niña la chispa de la vida, robarle la oportunidad de reír o construir sus sueños?
Y no quiere decir que ya sepa todas las respuestas ni que lo tenga todo resuelto. No. De nuevo, esta es una pregunta que todavía me hago en los días en que la duda asalta o cuando el ego tiende a acomodarse.
Lo cierto es que jamás pensé llegar a enamorarme de la niña llorona que fui, de la adolescente rebelde, de la adulta joven inquieta, fiestera, atrevida y enamoradiza que creía que el amor era como se muestra en las películas, que la felicidad estaba ahí afuera y que toda la tarea consistía en experimentar.
No es fácil mirar de frente a esa niña, dejar sin armadura a la versión que entrenaste durante tantos años, escoger desnudarla y desarmarla para reconstruirla desde dentro.
Y aún estoy en el proceso.
Entre más me busco hacia dentro, más entiendo; más reparo cada pieza rota; más me libero, más perdono, más me acepto en este cuerpo extraño como la persona que mi alma escoge ser.
Entre más camino hacia dentro, más aprendo a no temerle a mi historia, a mi pasado ni a mi vulnerabilidad.
Hoy me reconozco en cada etapa de mi vida con compasión, porque de verdad entiendo el miedo detrás de cada una de esas Karinas; en ellas y en la que aún me convierto, porque, como dije, la vida sigue y, a nuestras espaldas, es ella quien nos entreteje. 🧬









